Y sin querer, antes de despedirse para siempre, ella le había enseñado a su padre cómo encarar su extraña muerte. El secreto estaba en doblarse, pero jamás quebrarse; como sucede con la guadua. Era la lección de una arquitecta que años atrás bromeaba con Angelino Garzón, en el parque Nacional de Bogotá.
─Mira, estos son tus hermanitos, le decía Angelino a su hija mientras apuntaba a una jaula de micos.
─Más hermanitos son suyos, le respondía la niña.
─Bueno, no hermanitos, son primitos. Los micos son primos de los humanos, le contestaba su padre.
Angelino se convirtió en padre el 15 de mayo de 1973, cuando nació Jenny. Ella fue la primera hija del exvicepresidente de la República con su primera esposa, Luz Marina Caicedo, quienes se divorciaron cuando su primogénita tenía cinco años.
“Era muy hábil con sus manos (…) se hacía querer”, recuerda Angelino. En su infancia, Jenny crió dos perros rottweiler y una fila brasilera. Garzón narra que él le decía: ‘Déjate de andar con tantos perros tan grandes que no te vas a casar, hombre, porque con esos perros tan peligrosos nadie se te va a arrimar’.
Cuenta que su hija era estudiosa, trabajadora, amable, solidaria, extrovertida, optimista, líder y llena de vida.
Su brillo se ocultó entre el 30 de enero y el primero de febrero del 2000. Se desconoce la hora de su muerte. “Ella apareció muerta violentamente en la casa del novio, en Chía”, afirma Angelino, quien se enteró del deceso por una llamada de su actual esposa, Montserrat Muñoz.
Mientras observa el comedor de la casa donde concede esta entrevista, recuerda el último encuentro con Jenny. “Estuvimos con ella en esa mesa, el 30 de enero. Desde que llegó tenía el uso de la palabra y no nos dejó hablar, contándonos toda su experiencia en España ─a donde viajó en diciembre de 1999─. Me había traído unos vinos especiales de Cataluña. Recuerdo que yo decía: ‘Esta niña me debe querer mucho desde que anduvo con esa caja de vinos pa’rriba y pa’bajo’ ”. Hacia las 4:00 p. m., Jenny se despidió con ternura: besó y abrazó a su padre y a ‘Montse’.
Angelino desconoce cómo falleció su hija en ese pueblo de Cundinamarca ─cuando tenía 27 años─; aún espera que la justicia colombiana le dé respuestas frente a una investigación abierta hace más de 14 años. Insiste en que quiere conocer “una verdad que lo declare satisfecho”. De esa manera, reconoce que la hipótesis de que se trató de un suicidio no lo convence.
“Conocíamos muy bien a nuestra hija, ella no tenía la cultura del suicidio, ella no sabía manipular armas (…) El hecho es que ella murió violentamente con un tiro en la cabeza y hasta hoy sigue eso en la impunidad (…) A mí lo que me parece inaudito es que después de febrero del 2000 he sido ministro del Trabajo, gobernador del Valle del Cauca, embajador de Colombia ante las Naciones Unidas y vicepresidente de la República, y el caso sigue en la impunidad. Y digo, si esto pasa con Angelino Garzón, después de tener todos esos cargos, ¿qué pasará con la gente común y corriente que le han asesinado y desaparecido familiares?”.
A pesar de la incertidumbre y el “dolor infinito”, confiesa que ya perdonó a los presuntos agresores de su hija: “Si alguien la mató o si alguien contribuyó a su muerte violenta, pues sencillamente y ‘a esta altura del circo’, lo perdono. En primer lugar porque con el perdón, yo y mi familia tenemos más tranquilidad espiritual. Y en segundo lugar, porque sé que con odios y venganzas no voy a revivir a mi hija, lo único que alimentaría sería un sentimiento de violencia en mi persona. Mi hija ya está muerta, lo importante ahora es mantener su legado”.
Su corazón no guarda rencor, pero aún así, un fuerte deseo lo inquieta: que “quienes le hicieron daño” a Jenny lo miren a sus ojos y le pidan perdón. “Ellos no deben morirse con el remordimiento, deberían hacer catarsis y estar en paz con Dios”. En su interés porque ese día llegue, Garzón asegura que sería “el primero en ir ante los organismos de justicia a pedir que esas personas no sean condenadas”.
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